Paquito está enojado…

Por: Psic. Dalia Pérez Partida

Identificando Emociones. Las emociones son parte fundamental de nuestro convivir. Muchas veces deseamos no tener emociones, pero el mundo sería muy gris sin ellas. Emoción deriva del latín emovere, que está formado por el verbo movere: mover y del prefijo e: desde. Es decir, emoción indica movimiento desde adentro de la persona. La emoción nos hace movernos. Es cierto que nos es difícil identificar los estados emocionales de los niños y como no, si identificar nuestras propias emociones no es algo sencillo. Muchas veces le preguntamos a un adulto cómo se siente y frecuentemente nos contesta lo que está pensando: … y lo que te dijo tu pareja ¿qué te hizo sentir? Pues, pienso que no lo dijo por ofenderme, si no que no se dio cuenta. Las emociones son gusto, felicidad, enojo, frustración, miedo, ansiedad. Cuando las interpretamos y le agregamos un componente cognitivo se vuelven un sentimiento. Entonces podemos referir a la ansiedad como angustia y al miedo como aterrorizante. Muchas veces tratamos de inferir, a partir de los gestos de una persona como se siente. A esta habilidad la llamamos teoría de la mente (ToM) o mentalización. A pesar de que parece que todos la tenemos, cuando exploramos clínicamente observamos que muchas personas en realidad, aunque la tienen, no la tienen tan desarrollada. Hay quienes confunden una cara de preocupación con una cara de enojo. Una cara de felicidad con una de burla.

Cuando aprendemos a identificar emociones. Con todo, el cerebro es mayoritariamente social. Así que las emociones son, si no todas, su mayoría, sociales. Así que sólo aprendemos a expresarlas en contextos sociales, por lo que debemos aprender a identificarlas y a aprender los contextos apropiados para expresarlas. Cuando un niño o niña nace su única manera de comunicarse con el medio que lo rodea es a través del llanto. Frecuentemente es la madre quien logra traducir ese llanto en lo que el niño o la niña quiere o necesita, usualmente adivinando la posible causa del descontento. Sin embargo, cuando el lenguaje se hace presente, en una edad en la que el niño ya ha desarrollado habilidades motoras y ya tiene conductas complejas, entonces, a los cuidadores, ya no les es tan fácil identificar esas necesidades o emociones. Quizá porque el poner un nombre a las cosas y a las conductas nos lleva frecuentemente a interpretar, y muchas veces, no necesariamente de manera correcta. Para un niño no es fácil dar un nombre a las emociones; mientras más pequeños son, menos emociones identifican, por lo que, la forma en que nos podrían estar comunicando estas, es a través de su comportamiento. Es decir, el niño siente algo y en consecuencia hace algo, sin detenerse a ponerle nombre a lo que siente. Es posible que el niño o niña genere una emoción al observar la cara y/o actitud general de un adulto, sobre todo si es su mamá. La madre puede estar preocupada y por lo mismo distante y el niño interpretará enojo y rechazo, peor aún, desamor. La maduración de su ToM o mentalización puede estar en proceso. La ToM empieza a madurar alrededor de los 4 años, cuando el niño o la niña se da cuenta que las personas piensan diferente de él o ella. El niño empieza a mentir alrededor de esa edad también, justo porque se ha dado cuenta que las personas piensan diferente.

Por ejemplo, los niños pueden comunicar un sentimiento de tristeza mostrándose irritables y en ocasiones no le damos importancia, quizás porque interpretamos que sus problemas no son graves y que su estado emocional cambiará en cualquier momento, lo cual no siempre es así. El hecho de que un pequeño no pueda decir con las palabras adecuadas lo que le sucede, no lo excluye de una condición que podría cumplir con criterios diagnósticos de depresión o ansiedad.

Las emociones se contagian. Es posible que los niños no entiendan ciertos conceptos y por lo mismo no los asusten. Un niño de dos años no entiende el concepto de electricidad y no lo asustará explorar una toma de corriente de la pared con un clip. Puede tomar un cuchillo o una navaja sin percatarse del peligro. Pero si un adulto grita súbitamente y sorprende al niño, es más probable que lo asuste. Las emociones son un lenguaje anterior al lenguaje hablado y obviamente anterior al escrito. Los animales lo utilizan para comunicarse más frecuentemente que cualquier otro tipo de señal. Así que podemos decir que las emociones se contagian. Cuando una persona está ansiosa, es posible que los que están con él o ella se pongan ansiosos también. En particular si la persona ansiosa funciona en el grupo como él o la líder. Así, si mamá llora o muestra sufrimiento, el niño se asusta y si esta condición materna es frecuente, es posible que el niño se deprima.

Hay momentos en que los niños se asustan y los adultos interpretan que el evento ocurrido es lo que los asustó. Por ejemplo, en el temblor del 2017, los niños se asustaban en los simulacros posteriores. Se asustaban aparentemente por el sismo, pero en realidad se asustan de la reacción de los adultos. El sismo y sus consecuencias devastadoras son un concepto que los niños pequeños no comprenden. Lo que ven es la conducta ansiosa de los cuidadores y eso es lo que los pone ansiosos a ellos. Asimismo, la conducta ansiosa que los adultos estén experimentado como consecuencia de la pandemia del COVID 19 es la que perciben los niños y es la que los pone ansiosos. Así que el primer paso recomendado a los cuidadores de los niños es distraerlos, evitar que noten su preocupación, hacerlos sentir seguros, cuidados, queridos. Sin embargo, aun así, se pueden deprimir y poner ansiosos. Entonces, debemos detectar si están sufriendo alguno de estos trastornos.

La depresión y la ansiedad. Son trastornos emocionales que no excluyen a los niños. Sin embargo, los adultos los pueden confundir con tristeza, desmotivación, irritabilidad, intolerancia, agresividad, oposición a las indicaciones o algún trastorno de la conducta.

Tristeza vs depresión. Es importante diferenciar la tristeza de la depresión. La tristeza es considerada una de las emociones básicas del ser humano. Es un estado mental y emocional relativamente pasajero, que surge ante circunstancias difíciles que en ese momento no se pueden solucionar, como podría ser la pérdida de un ser querido. Esta condición, como se mencionó anteriormente, perdura por un tiempo determinado. Un duelo, como he puesto de ejemplo, tiene una duración aproximada de un año en el adulto. En los niños es frecuente que este periodo sea menor. Si la tristeza persiste y se empieza a expresar como como un trastorno de conducta, deberá atenderse a la brevedad para evitar que se complique y sobretodo, para evitar que el niño sufra innecesariamente.

La ansiedad. Por otro lado, la ansiedad está considerada como un mecanismo de adaptación al medio. Nos pone en alerta ante cualquier situación de peligro y nos prepara fisiológicamente para el afrontamiento de este. Asimismo, nos apremia a generar un plan orientado a reducir el impacto de la amenaza y sus consecuencias. Por tal razón, no debe ser suprimida ya que su propósito es la protección. ¿Cuándo ésta debe ser atendida? Cuando su intensidad es desproporcionada al evento, es duradera y puede que se presente sin que exista una amenaza real. Además, es posible que empiece a desencadenar síntomas tanto físicos como psicológicos. Frecuentemente, en el niño se manifiesta por ansiedad extrema, en condiciones, por ejemplo, en las que se tiene que separar de sus padres y le es muy difícil, llora con facilidad, tiene problemas para conciliar el sueño y pierde el apetito. Es posible que, si ya controlaba esfínteres, ahora vuelva orinarse en la cama cuando duerme (enuresis). Puede empezar a manifestar conductas repetitivas centradas en el cuerpo, como morderse compulsivamente las uñas, arrancarse la piel de alrededor de las uñas de las manos (jalarse la cutícula), pellizcarse la piel, arrancarse mechones de cabello (tricotilomanía), morderse labios y la parte interna de los carrillos. Al igual que con la depresión es indispensable hacer una evaluación exhaustiva para determinar su diagnóstico.

Paquito está enojado…

Paquito es un niño de 5 años que está concluyendo su estancia en el preescolar y que a diferencia de sus compañeritos no se muestra interesado en jugar ni propone juegos, se enoja con facilidad, llora frecuentemente, se aísla cuando se realizan actividades de equipo, se muerde las uñas y en ocasiones se jala el cabello hasta arrancarse algunos mechones. Además, se ha vuelto agresivo con sus compañeritos y en muchas ocasiones les pega, sin que se pueda saber por qué lo hizo. Ante este tipo de comportamientos sus maestras le hacen algunas preguntas para detectar que es lo que piensa o siente, pero él no encuentra las palabras para decirlo.

Paquito es parte de una familia, que se está desintegrando, por lo que tiene que vivir en dos hogares diferentes desde hace aproximadamente un año. Encima, los padres se han dejado influenciar por la prensa amarillista alarmista acerca de la pandemia del COVID 19. A pesar de que nadie niega la gravedad de la pandemia, los padres la han elevado a un nivel de creer que es el fin de la humanidad. Esta condición en la que los padres no controlan sus emociones y no se preocupan que Paquito no las note, o al menos, que le expliquen que ellos lo protegerán a él, hace que Paquito aumente su ansiedad. A pesar de que Paquito siempre fue un niño inquieto y cooperador, que jugaba con sus compañeros y se esforzaba en su trabajo dentro del aula, desde hace un año comenzó a tener este tipo de conductas. Estas conductas han influenciado a los demás niños en la escuela, quienes empezaron a rechazarlo, ya que éstos refieren que no les es grato estar con un niño que pega. Recientemente se han disparado en casa, ya que los padres se muestran poco protectores, ya que se han dejado llevar por su ansiedad ante la pandemia.

Cuando los niños sufren de depresión suelen estar irritables o malhumorados, pierden interés por realizar actividades que anteriormente les eran placenteras, tal como lo muestra Paquito.

Para poder determinar si un niño está deprimido, es importante considerar el tiempo en que se han presentado las conductas. Para ello es importante que todas las personas que conviven con el niño aporten información sobre su estado de ánimo y comportamiento. El comienzo de la depresión puede parecer súbito, pero es posible que los cuidadores no se hayan dado cuenta cuando empezó y su comienzo entonces haya sido gradual. Esto, como dije al principio es frecuente, ya que es difícil reconoce los síntomas, y como ya también dije, se pueden confundir con otros trastornos como irritabilidad y falta de cooperación. Los niños que sufren depresión comúnmente muestran baja autoestima que podemos detectar a partir de comentarios negativos de sí mismo, que expresan sus dudas acerca de sus capacidades intelectuales y se muestran temerosos de burlas y abusos cuando tienen que participar en actividades en la familia o en clase.

Paquito es un niño que con frecuencia se refiere a sí mismo como tonto, ante cualquier solicitud de tarea su respuesta inmediata es yo no sé o yo no puedo, sin siquiera intentarlo, muestra poca cooperación ante las sugerencias y abandona el trabajo rápidamente. Todas estas conductas podrían confundirnos y llevarnos a pensar que se trata de un trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH); sin embargo, una historia clínica nos indicará que no lo es. Así que, es importante considerar todos los panoramas que el niño y sus conductas nos ilustran. Por ejemplo, algo que Paquito ha mostrado con frecuencia, es que busca mucho el contacto físico con los adultos, necesita abrazar y ser abrazado en algunos momentos. No lo pide de forma verbal, solo se aproxima y sin decir palabra lo hace, abraza al adulto. De esta sola conducta podemos darnos cuenta de que necesita sentirse querido y valorado. La falta de esta muestra de cariño y aceptación es lo que lo lleva a aislarse socialmente, a tener un pobre auto concepto y seguramente esto lo deprime y lo torna ansioso y como una estrategia compensadora, agrede, golpea a sus compañeros y desobedece indicaciones dadas por sus cuidadores. Peor aún, ahora que los padres sólo piensan en el COVID 19.

Qué vamos a hacer. El tratamiento de la depresión en los niños será dependiendo de la gravedad de esta, por lo que un buen diagnóstico es fundamental. Cuando la depresión es leve, puede ser tratado en el hogar. Se le indica al cuidador o cuidadores que le enseñen al niño a identificar sus emociones, que le hagan saber que no hay emociones buenas o malas, sino que todas tienen una función que lo adapta a su entorno, que todos las sentimos por igual y que no es una condición exclusiva de él. Qué mostrar sus emociones no lo hacen diferente y mucho menos rechazable. Hay que enseñarle otras estrategias para enfrentar los problemas, pero lo más importante es mostrarle amor, que el niño sepa que es capaz de evocar amor en las personas, más que con palabras, con abrazos, besos, palabras de apoyo y cariño.

Cuando la depresión en el niño es severa, presenta varios signos y síntomas tiempo prolongado, por ejemplo, cuatro semanas. Esto ya es un trastorno que requiere un tratamiento más especializado, que seguramente incluirá medicamentos. Su depresión y ansiedad repercutirán en su desarrollo tanto familiar como académico. Lo más recomendable es acudir con un especialista, que puede ser desde su pediatra o un psicólogo, para que lo valore y ofrezca propuestas de tratamiento. Es posible acudir, desde el principio a un psiquiatra especializado en niños, como es un Paidopsiquiatra, quien propondrá un tratamiento multidisciplinario, en donde intervengan varios especialistas y se apoye de la farmacología.

Los tratamientos psicológico-conductuales. Los más recomendados son: la Terapia Cognitivo Conductual y la Terapia de Familia. En muchos casos preferimos la terapia de familia, ya que de esta manera psicoeducamos a los padres y les damos estrategias para que puedan brindar seguridad a sus pequeños. Entre más pequeños los niños, más efectiva es la actitud protectora que los padres o cuidadores primarios les ofrezcan. Sin embargo, también podemos trabajar directamente con los niños. Las técnicas de respiración y de relajación son algunas estrategias fáciles de practicar y apoyan al niño cuando se sienta muy ansioso o deprimido. Algunos ejemplos de estas:

  • La técnica de sopla tu vela y huele tu flor. Le pediremos al niño que imagine que en una mano tiene una vela y en la otra tiene una flor. Le pediremos que huela su flor y apague su vela, repetidas ocasiones, hasta que logre controlar su ansiedad. En realidad, al pedirle que huela la flor imaginaria le estamos pidiendo que respire lenta y profundamente y cuando apague la vela que exhale también largamente. Esta técnica permite el control de la respiración, que se ha mostrado que reduce la ansiedad.
  • La técnica del pastel de las mil velas. Le pediremos al niño que imagine que tiene frente a él un pastel con mil velas encendidas, ahora deberá tomar suficiente aire para apagarlas todas con un soplido. Le hacemos creer, en una actitud divertida, de juego, que no logró apagar todas las velas; así que tiene que repetir el soplido hasta que él crea que ya lo logró. La idea de que se imagine un pastel de mil velas es para que inspire mucho aire y luego sople sostenidamente por unos segundos. Esta técnica también permite el control de la respiración.
  • La técnica de la ranita. Le pediremos al niño que imagine ser una rana, deberá colocarse en cuclillas con los brazos por delante, apretando su cuerpo lo más que pueda, pero cuidándolo que no se lastime y luego salte lo más alto que pueda. Esto hace que tense sus músculos y luego los relaje al saltar. Le pediremos que realice al menos 10 saltos, lo más altos posibles. Puede ser divertido para los niños, sobre todo si los padres propositivamente lo hacen divertido.
  • La técnica de la tortuga. Le pediremos al niño que imagine que es una tortuga. Se colocará en el suelo boca abajo y le diremos que el sol está a punto de esconderse y la tortuga ha de dormir. Para ello deberá encoger piernas y brazos hasta meterlos por debajo de su cuerpo, que será su caparazón, y bajará su cabeza como si la intentara meter entre sus hombros. Una vez que lo haga, le diremos que espere unos segundos en esa posición y luego le diremos que ya es de día, que ahora podrá tomar el sol, por lo que deberá despertar estirando sus extremidades muy despacio. Esta técnica le permite tener un tiempo-fuera jugando, sin el componente de castigo que los tiempo-fuera implican. Esta técnica se ha desarrollado para que el niño aprenda a controlar sus conductas agresivas
  • Colorear mandalas. Esta actividad estimula la creatividad, ayuda en la concentración, la psicomotricidad fina, control del cuerpo y baja los niveles de estrés y ansiedad.
  • Cocinar. Haga una ensalada con ellos, busque que usen utensilios que no tengan riesgo de dañarlos. Un pelapapas es más seguro que un cuchillo. Parta usted los limones y que ellos los expriman utilizando el exprimidor. Haga una ensalada que ellos quieran comer, puede ser sólo con jícamas o zanahorias. Haga harina para hot cakes, que ellos la batan, deje que le agreguen los huevos. ¡Si! ¡Sí! Van a hacer un desorden, pero puede aprovechar a enseñarles que después de una tarea hay que ordenar todo. Inténtelo alguna vez, puede ser que se divierta.

Conclusión. Las emociones son parte fundamental de nuestro convivir, por lo que mantenerlas en estabilidad es prácticamente imposible. Estas no son fáciles de identificar, siendo en los niños una condición aún más complicada ante su dificultad para nombrarlas. Ante tal condición nos podrían estar comunicando su estado emocional a través de su conducta. Es regularmente en el contexto social cuando se hacen presentes y casi siempre cuando se rompe con las reglas sociales establecidas. El hecho de que un pequeño no pueda decir con las palabras adecuadas lo que le sucede, no lo excluye de padecer depresión o ansiedad, al contrario, puede ser que se les propicie.

Cuando un trastorno de la emoción perdura (un trastorno afectivo), es importante atenderlo para evitar que se agrave. Lo más indicado es apoyarse de los especialistas en la salud mental, quienes podrán hacer las pruebas pertinentes e indicar el tratamiento más adecuado.

No deje que el COVID 19 se interponga entre usted y sus pequeños. Use las técnicas de relajación y respiración que se pueden implementar en casa, como las que he explicado, son muy fáciles de trabajar en cualquier escenario y muy efectivas ¡Y no olvide darles confianza y mucho amor!

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