Reflexionar sobre una epidemia.

Por: Dr. Hugo Martínez Lemus, Psiquiatra Psicoterapeuta*

Son varias las perspectivas desde las que un fenómeno se puede abordar. Cada una tendrá más o menos valor y significado, para quien las emite y para quien las recibe. Si la que aquí les propongo resulta consonante con alguna necesidad, no resultará vana. No es fácil comentar sobre un tema de moda o de actualidad sin parecer oportunista, pero he recibido una amable invitación para ello, por lo que intentaré abarcar un aspecto que llama la atención de no pocos y, a mi parecer, ha tenido sólo comentarios someros.

Entre la población ha habido diversas respuestas a la exigencia del saberse amenazados por una enfermedad que atenta contra la vida de muchos. Un virus ha mutado de tal manera que no se tiene defensa inmunológica preestablecida y causa una epidemia.

La recomendación general es aislarse para no propagar la enfermedad, no infectarse y no infectar. La aceptación a esa recomendación sanitaria es variopinta, por más que los medios de comunicación repitan reportajes, comentarios o análisis más o menos comunes, cada quien ha tenido su manera de enfrentar este avatar. Sería imposible, sin caer en la inexactitud, clasificarlos; pero, no por eso, se deja de intentar. La nomenclatura psiquiátrica propone una desde sus manuales diagnósticos, otras teorías lo intentarán desde los suyos.

Desde la Psiquiatría dinámica.

A pesar del protagonismo, desde hace varias décadas, que la psiquiatría organicista o neuropsiquiatría ha tomado en el ámbito académico, “otras psiquiatrías” no han perdido su vigencia en el paradigma clínico de la medicina general. Muchos conceptos que el psicoanálisis introdujo a la atención de los problemas de salud mental, llegaron para quedarse: mecanismos de defensa, síntomas conversivos, narcisismo, etc. Y otras psiquiatrías persisten en el estudio de la patología mental desde discursos que enriquecen la comprensión de esos fenómenos (psiquiatría social, etnopsiquiatría, etc.).

Para la psiquiatría dinámica, revisar la psicopatología, implica asumir que existe “la mente” en cada ser humano; con sus particularidades, configuradas en su desarrollo, con su carga genética y su encuentro con la cultura, sobretodo el lenguaje. Requiere que supongamos de cada sujeto,  que una parte de su psiquismo le es inconsciente, y que esa parte tiene una dinámica a la que no es sencillo acceder aunque se “exprese” de muchas maneras.

Desde esta teoría, podemos entender, con otro ángulo, la aparición de conductas que no resulta sencillo para otras disciplinas. El surgimiento de la enfermedad respiratoria llamada covid-19, se muestra como una amenaza a la vida, lo que genera una respuesta de angustia, esa señal de alarma tendrá repercusiones importantes en la manera en que busquemos adaptarnos a su aparición.

En muchas personas se ha echado mano de mecanismos de supresión para contender con la angustia que les impone el conflicto entre: atender las indicaciones las autoridades sanitarias y continuar con sus actividades habituales. Ese mecanismo se complementa con otros que se sustentan en su particular personalidad. No cabe duda que los que necesitan salir a trabajar para conseguir las provisiones diarias, aunque tengan miedo, lo harán con todo su pesar. Pero a otros los guiará la avaricia de no perder lo que ganan, aunque tengan mucho guardado, quizá esos otros se sentirán invulnerables y recurrirán a la negación para sostener el sentimiento de omnipotencia que les hará creer que no van a enfermar.

La negación, en otro contexto, se acompañará de la regresión en las conductas de indolencia adolescente que, aunque se sea adulto y exhibiendo rasgos de inmadurez, supondrá que son otros los que enferman, no ellos.

Muchos otros, quizá, recurran a la racionalización y utilizarán otras ideas para no cumplir con las indicaciones sanitarias, esas ideas pueden partir de una mala interpretación del acontecimiento, pensando que puede ser una manipulación para beneficiar a un sector que quiere cambiar las balanzas de poder económico entre países actores de esa contienda.

El acto de rebeldía que impulsa a salir a las personas, contrariamente a las indicaciones, puede ocultar el enojo y el temor ante una agresión externa mediante el desplazamiento a la autoridad sanitaria, de esa agresión: son ellos y no el virus quien me agrede.

Por otro lado, hay conductas que, menos evidentes, tienen implicaciones orientadas hacia lo privado o, al menos, no abiertamente públicas. Muchas personas registran síntomas provocados por la somatización como dolores de garganta, cefalea, dolor de cuerpo, hasta febrícula, generados como respuesta ante la angustia de la amenaza del virus.

El aislamiento y el control probablemente estén en la base de observar, en “los otros”, las conductas anómalas y despreocupadas que, el observador pretende cumplir,  hasta sus máximas consecuencias.

Pero en el ámbito de lo íntimo, quizá los que más se manifiesten sean la introyección-proyección, este binomio en el que los impulsos agresivos se exteriorizan y se interiorizan son los que generan sensaciones y conductas paranoides y de culpa que aparecerán como “la depresión”, ese mal tan general y tan escuetamente comprendido como una “disminución de ciertas sustancias cerebrales.

Estos mecanismos de defensa puestos al servicio de deshacerse del temor a morir, o de permitir el ejercicio de nuestros más profundos deseos, aumentarán su dramatismo cuando se manifiesten al interior de la familia, en el contexto de una convivencia temporalmente aumentada por lo que se mira como obligatorio. También se exacerbarán en quienes de por si tengan trastornos, más o menos graves, de la personalidad.

Pero no todos esos mecanismos tenderán a la enfermedad, otros, en cambio, saldrán a relucir para distender la angustia, la tristeza y la ira; un ejemplo es el humor, del que la cultura mexicana exhibe prontos dones. Y otro, que por el mundo se solicita, y al mismo tiempo se admira en varios gremios, a los que se les califica de héroes (personal de salud): son la sublimación y el altruismo.

Colofón:

Aunque transitemos entre la tristeza de calles semivacías, enojo ante la indolencia de otros y la sensación de desamparo por la insuficiencia de nuestros refugios habituales, aferrarnos a la idea de sobrevivir nos obliga a sentir que debemos hacer nuestra parte para que todos tengamos la posibilidad de una larga y sana vida.

*Hugo Martínez Lemus. Médico psiquiatra (UNAM-ISSSTE), Subespecialidad en Psicoterapia Médica (HPFBA-SSA), Egresado de los cursos de psicoanálisis y doctorado en psicoterapia (Asoc. Psic. Mexicana), Médico adscrito del CMN 20 de Noviembre.

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